HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Los pinares en invierno rezuman un esplendor con pecios de nieve y de ronquidos de tierra congelado. Tienen un poco de tu voz, de tu mano sujetando un libro por el metro, un Paris entre sepultos, una imposible casa para descansar. Y un baile de raíces de olivo en el ojo de buey que insistió una eternidad en el borrón de tinta que censuraba aquella noche de tu memoria y de la mía, para que los muñecos de nieve bailaran enloquecidos los juegos del éxodo, cuando sólo tenemos el corazón lleno de perros y de autopistas en llamas.
He ido siempre tirando de las despedidas, con un barco de papel entre los dientes de una postal sepia que me encharcó la lluvia cuando quería sacarte de mis letanías.  He ido protegiendo mi vulnerabilidad con acorazados potemkin de poemas y éter, de chicle pegado en una cuchilla y muérdago en la voz de la diatriba cuando los grajos cantan el incendiario del olvido en las garras del mar.
He ido marchándome 180º de todo aquello que ponía fea la guitarra de la hoguera y del desierto. Caducas miradas en un tren que perdía el norte cuando tus diarios hacían presidios en mi nombre y las veredas anegaban juegos de lodo y de dados en el precipicio de tu sed.

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