HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despertó el perrito. Y me salí expulsada del sueño y se me olvidó. Hay una fuerte helada y algo de niebla pero se ve el cielo copletamente despejado, aunque todavía no tiene el tono azul, sólo un hálito removido de tus perdiciones.
He estado jugando con el perro. Ahora reclama mucha interacción y es importante que le dedique tiempo... ínsulas de ese infinito que en los ojos de los perros empieza a ocurrir.
Las palabras todavía no están. Me despierto sobre una grieta que golpeó la vida en las cauces indigentes de un suspiro abstracto. 

Y ha pasado ya 2 horas desde que empecé a escribir éste texto. Me he liado con Kavka, fregando los platos, dando de comer a los gatos. Libándome sobre un fuera de campo que cotiza tus párpados de hollín donde el ocaso presiente caballos del abismo que empapan sus lenguas en tus valles.
El perro a veces me distrae con su vehemencia de la escritura y me pone patas arriba el escritorio y los papeles. Dentro de muy poco ya le pondré las vacunas y podrá salir a la calle y quemar sus energías y sus zafarranchos.  Tendremos que compartir el tiempo de la selva... y yo luego poder escribir con abrasión. Cuando me siento golpeada de la escritura mi mente da vueltas de campana y ya no me introspecto en el ámbar ni en la tierra removida.
Ahora es un cachorro y quiere jugar y reclama la canción todo el tiempo, además es muy bruto e imbatible. Cuando fui a recogerlo, todos sus hermanxs eran negros como él, parecían todos iguales, pero fue él, el que vino a subirse a mí y a crujirme los mares.

Empieza a salir el sol por la montaña. Pero la helada todavía está mordida en cada hierba. Kafka está lamiéndose tumbado en el suelo, parece que ya le va entrando el sueño y podré escribir un rato.

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