HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despertó Kavka con sus ladridos y saltando a mi cama.  Amanecí volada por tus cimientos de colibrí en la abrasión del barro, balanceándome la lluvia donde las palabras no vuelven. El cielo está cubierto, tengo la sensación de que está a punto de anochecer. Los nidos de las urracas desnudos golpean el fondo de tus ojos y en las distancias sueltan barcos de plomo que recogen los torcidos violines de tu soledad.

Busco las palabras como cada vez. Las palabras que no han sido atragantadas en las flores de tu cactus ni en cristal del ocaso cuando se queman tus fotografías en el fondo de mi alma.

Tú no eres sino la posición de un hueco en mi mano abierta.
La seducción del vacío en la lija de mi cuaderno.
La creencia etílica de que alguna vez esto fue diferente.

Allá... en el espíritu de los ciervos ensangrentado en mis paredes, la caligrafía fue firmada por el golpe seco de una despedida que valía para cualquiera, debajo de los vagones, chupando el etanol de la luna rabiosa de tu belleza.

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