HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto ansiosa de la escritura. Ayer me sentía incapaz a escribir, me sentía atormentada por el espacio en blanco, febril, derretida, oscura y sucia, el proceso digestivo del naufragio y la tristeza. Sentía una alergía ante el cavar de la escritura, y eso me provoca infelicidad y destrucción. Hay algunos días así a lo largo del mes, tal vez son 3 o 4. Son días violentos, de desconexión y amargura, de taladradoras de cielos en guerra y exilio. No soporto la existencia cuando no escribo. A no ser que esté en la mar. Empiezo a sufrir un silenciamiento que me viene como una cárcel. Mi pensamiento se descompone, me vuelvo instintivamente corrompida del paisaje y del latido entre dos palabras y un golpe de ausencia que pervierte tu voz entre los muertos. 
Tengo que tratar de escalar ese tipo de aullido naciendo metáforas en esos lugares del tormento. Ayer para evitar del todo ese suicidio, hice pinturas, con acrílico negro, sobre rostros multiplicantes de la bala de un nombre y un sepulto.
Hay escarcha en el valle. El cielo está del todo despejado, aunque su azul todavía es blanquecino. Hasta las 11 y algo no sube el sol la montaña. Hay un desequilibrio que me succiona la sombra acuclillada en la idea de tu existencia, en la perversión de tu corte vertical sobre lo que ha abonado el olvido y la distancia. Tantas veces ya exarcerbado de lo que no viene de vuelta que ha labrado en mi voz la espina del éxodo. 
Tal vez he ejercido un retroceso del pigmento de la noche en los trazos de tu sepulto cuando no fue introspectado el aliento de la huida, cuando te dejé lleno de humedad en el vértigo de los que se han ido, revirtiendo la palabra rota en el puente volado por dinamita, entre mi cuerpo y el tuyo. Y por eso, se convirtió en un duelo la búsqueda retorcida entre tus pasiones y la desgana que delinquió la letra en la profundidad de tu insomnio.

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