HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto, de un retiro y un encubrimiento, al borde del suicidio de tu casa en la flor de la nieve, cuando rabian las noches sin mundo en el hielo cuajado sobre tu boca, absorto de las miradas líquidas que penetraron la opacidad de tu silencio con mis heridas en tu mesita pasando las páginas del libro del delirio, con la cicatriz acunándote hijo de los muertos, todo el tiempo de la llama y del abismo.
Soñaba una escenificación metafísica y profunda, un teatro.. y algo ocurrió, me pegué a algo, con el hueco de tu mano, como si fuera el único camino a la vida,  y al pegarme tuve la urgencia de despertar y avalancharme a su vida.
Ayer fue un día de mierda para la escritura. Tengo dos de esos días al mes más o menos. Tal vez porque rompo el encerado y me abro desnuda al desarreglo lingüístico del tormento del absurdo y me vuelvo materia inerte y angustia. Y casi se me olvida hablar, pierdo la madre en los suelos enfermizos de un tanatorio que seca sus difuntos en los ojos de los niños que cantan. Y el duende se hace mercenario y atormenta mis zarzamoras y mis frutos secos, con deseos de morir. 
Pero hoy estamos al otro lado de la cama empañada por el esperma de Diciembre. Y han vuelto los animalarios a mojar las ventanas y los violines, con yugulares cortadas en las onomatopeyas de la inmensidad.

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