HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto. Hay escarcha en todo el valle. El día comienza en la grieta utópica de una distancia. No recuerdo lo qué soñaba... algo de una vieja amiga de la infancia, algo roto... y luego había la superposición de ojos cubistas en la elaboración de un verbo... y la soledad. El desencuentro masivo en el boicot de un barco hacia ninguna parte.
Ahora busco las palabras. La salmuera de viejas epístolas sumergidas donde tu ausencia se quedó con los instrumentos del desvelo y de la guerra. Ya habíamos perdido todas las batallas, dándole al ron, el motivo del llanto. Lavándonos la piel con algas y burbujas de orillas no llegadas. 
Mi día a día, es un papel vacío, el perro, la detención de las montañas en vuelos oblicuos de garzas amadas del hielo. Es la insistencia de la soledad sobre tu corazón. El desarraigo de mi historia. La amnesia.. la indiferencia al subirse a los pájaros o a las cucarachas.
Porque casi nada ha permanecido. Al menos no de lo asible. Se mantiene la pasión en el éter, la obsesión de nexos esdrújulos en el compartimento de lo desaparecido. Pero no hay nada que me sostenga sobre un retorno. No hay oficio. No hay unos ojos en los que reflejar la lava cuando el suelo no me sujeta... y poder reconocer la esencia de una palabra sin los tratos mercenarios del cambio de acera en los zapatos del Leteo.
Hay una envolvente procastinación de mi primera persona... cuando toco los dedos del barro o desempaño mis ventanas sumida en la melancolía de besos de papel de plata a la salida del benceno de las veredas que olvidaron la arquitectura de tu hálito en mi infierno.

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