HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me duele la regla. Y no me apetece mucho escribir. Estoy bebiendo despacio una cerveza, fumando un cigarrillo, crujiendo la luna en tu bolsillo desgajado. Me llamó X. y me contó algo de cuando era niña y tenía unos 4 años, mi hermano estaba enfermo y yo iba a picarle y a decirle "ésta noche te mueres y mañana te enterramos" y él me miraba todo asustado. Yo no tengo casi recuerdos de mi primera infancia, alguno suelto como un perfume, como una estrella del peyote, pero hasta los 8 años no tengo apenas recuerdos. 
Me he bañado y el perro ladraba enloquecido como si quisiera entrar y chapotear en el agua. Ahora está dormido encima de un cojín. He encendido la luz de un flexo, me gusta sentir la noche dentro de la habitación y ese tono sepia de la palidez de ciertos rincones mullidos en tu coñac. Desde que está el perro conmigo no tengo inquietud en la noche de la casa.. ya no oigo los ruidos de esos fantasmas de los digeridos álbunes de fotos en la cicatriz de tu brazo. Ya no siento la invocada presencia del vértigo y de la soledad escupida sobre la helada negra. Me siento dentro también de un barco, también de tu cuaderno al lado de una chimenea sacándole alcohol a las uvas desde la promesa del exilio. Y cuando me duele el corazón y siento que se me pinchan los carámbanos en la palabra que no conozco, apretujo al perro a mi canción de álamos y nos siento florecer de carruseles de opio picoteando en la mar, algún motivo que nos sirva para subir la montaña.

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