HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me he abierto una cerveza, he puesto a Paco Ibañez. Trato de relajarme. Hay un cable cortado en mi familia, una tendencia al razonamiento de los cataplasmas. Una hervidera de un mal viaje de opio. Un anti-entender. Un alegato a los radiadores que rugen en el manicomio. Una albura del esperpento y la ternura de las orugas. Un bofetón contra la lógica. Un síndrome de Peter Pan puesto de caballo. 
Yo desde que era pequeña lo notaba con furia, sobretodo con mi madre. Una sensación de vergüenza ajena interiorizada en mí, como si yo fuera la responsable, esa lado de mí amor a ella, me hacía atarme a un cuchillo que volaba por los aires. En todos mis sueños que aparece mi madre, me prepara alguna que favorece al enemigo del sueño.  Esa sensación de boicot, de alegato a la estupidez, de atentado a mi orgullo, al Ideal, un algo que tengo en el ombligo etéreo que me une a ella como una granada de mano desde siempre.  Y a veces me sube un grito de guerra, de rabia ácrata con ella que no puedo controlar. Una profunda antagonia. Ante su sensiblería y misticismo. Ante su terrible afabilidad con lo enemigo. Algo inefable que me entra como una dosis de cristal líquido y me expone como un aullido. Y tal vez algo de eso de su caracter también es parte de mí, algo que yo siempre quise destruir de mi alma.  
Ella fue una madre protectora. Pero fue antiprotectora con mi espíritu, con mi fuego. Su proteccionismo sólo me dio problemas y desprotección. Esos rollos de la hipocondria, de la locura por la locura, del sacar reventado el tejado. Todas las veces que me dieron por muerta. Que me llevaron al hospital por una borrachera. Tengo un historial de urgencias de 60 páginas. Todas las veces que me persiguieron como si fueran de la interpol. Todas sus chifladuras que me hicieron expiarme con drogas. Que me hicieron extravagantemente quinqui y desarraigada.
Las historias del 112, la policía, el manicomio, cuando harta de sus enfermedades mentales sacaba la voz de mi éter y me tomaban a mí por la loca.
Durante mucho tiempo tuve una rabia evanescente con mi madre.
Cuando cuidé de mis abuelos, algo en mí se reconcilió con la locura de mi madre. Al comprender que ella la heredó de la suya. Y la suya, de una vida rota en mil pedazos por los crímenes de los fascistas. Cuando entendí que mi madre se crió en una casa de cigarras y maíz. De pobreza e incultura. Pero ella se formó en la universidad en Filosofía, leyó grandes escritores, luchó en el 68, estuvo en la movida de nuevas ideas, en la revolución sexual, psicológica, social y política.
Aunque bien es cierto que todo se lo tragó el pozo de la tierra.
Porque ella no echó sus alas hacia la victoria de viento. Quiso ser madre, de sus padres. Se ató a éste pueblo de mierda con gente mediocre y oscura.
Y todas esas otras historias de las que no escribiria y que tal vez son las más determinantes.
Mi casa... de las hoces y los incendios. Las peleas entre mis padres. La esquizofrenia en mi ornitorrinco. La historia del alzar de la derrota. Nuestros muertos desperdigados en una botella de ginebra. 
El fervor de la vagabundia, tomándonos desnudos, desarmados, con corazón de perro y de pájaro.
Tal vez a ella la culpé de no haber sido la mujer de mi ideal. Tal vez me costó mucho perdonar las plantas venenosas de la tragedia y el esperpento. Y yo era éter y esponja de todo, yo tenía una pistola en el corazón.

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