HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Mi vida es el perro, el gato, el ocaso incendiado en sus puntas, clavando en el madero de la mar, la lágrima de la sirena y el faro del naufragio. Es el grumo del maizal en el canto de un cuervo. Mis cajones llenos de papeles que he olvidado. La rareza multiplicada del espejo roto y tu lapicero como un ataúd flotando en mi bañera. Es el recuerdo torturado de haber amado alguna vez, más allá de mi vida y de mi muerte, hundido, en un corazón arrancado en el vientre de una ballena que fue a morir a una orilla imposible. Mi vida ahora, es la percusión de lo que no existe, empañando mis ventanas con rostros deconstruidos de tormentas que enjuagaron en tu boca a la enana blanca.
Oigo demasiado hondo, el grito de los ahogados. 
Y aún así, me invoco del optimismo de lo selvático, aunque ande cargando sobre mí los cadáveres de muchas de las que fui, cuando en la otredad el jazz llenaba todos los vasos de vino y salamandras.
Estoy aquí, en el cuchillo de las vulvas de la montaña, aullando la herida de los ciervos sobre un indefinido y mutante horizonte, del agujero de la matriz de la palabra digeriéndose a sí misma. Sólo yo podré construir la senda que vuelva a celebrar cada hierba, cada gota de océano. Y tengo que hacerlo desde la nada, desde la inmovilidad de la hechura, desde su frío insomne, desde su ruina y su crueldad. Nada cambiará ahí para tomarme hacia la vida, tendrá que ser mi percepción, tal vez a través de la pobreza y de la renuncia.

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