HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No hay un principio para aquella X.
Vino despejada en la jeringa que dejaste en la mesita.
Vino plegada en el etanol que abriste en mi pecho, cuando sujetabas un espejo de manos y hablabas de lo que podríamos hacer para recuperar el coche y salir de una puta vez de aquí.
La fe era esa alucinación que había vendido algo terrible al horizonte, cuando los rosales clavaban las espinas en nuestras piernas.
Yo no podía pagarte la esperanza. Sólo sabía de puertos con hedor a pescado y caminos que vinieron a acabar aquí por hartazgo y rabia, por extremo... y ningún tictac les salvó de su sangre.
Así que callé, con tu cuerpo dentro. Mientras la tormenta hacía rugidos en esa vieja guitarra.

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