HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No he podido escribir demasiado. He tenido que andar de un lado a otro, y en el momento de inspiración y deseo tuve que salir. Y me he estresado con el rollo de la urbe. Con el rugido, las luces, los coches, esos viandantes con prisa, todo ese frío de humanidad, de distancia y códigos de barra. Algo muy desagradable. Yo necesito vivir dentro de la naturaleza. La ciudad me deprime.
Ahora he abierto una cerveza. Trato de volver a la introspección. De cerrar esas puertas descosidas a balazos por la fealdad de la sociedad capitalista. Casi me da un ataque de ebullición y neurosis en la tienda, fui a por una caja de cervezas, había colas inmensas en la caja, gente empujando, carnívora, tapando los pasillos, apelotonándose por ese supuesto cambio de año e ilusiones, cuando ésta sociedad es un matadero del retroceso y lo estancado, momificado en un billete.  Me dio un mareo existencial, me quedé detenida, absurda, me sentí abducida por el hedor de la navidad y me salí expulsada a la materia inerte, cuando llegó mi turno por un instante olvidé que estaba allí y que tenía que pagar las cervezas.  Sentí un profundo alivio al salir de la tienda e ir entrando por las calles deshabitadas y alejándome de esas cabezas convertidas en pinos de plástico con bombillas.

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