HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No sé cómo es el destierro en la vida del otro. No sé cómo se abren y se cierran sus tumbas. Ni cuánto puede doler el moho y la espina de la rosa cuando el naufragio despedaza también su olvido.
No tengo ni puta idea. Cuando siento la empatía, no es por el otro, es porque veo mi entraña y mi abismo, mi blues y mi desastre... en una metáfora esquizofrénica que hace todo lo oido y mirado, parte de mi estómago.... Pero los humanos, me son de otra especie. Mucho más lejana que la de los perros. Porque vivo en la prisión del prisma del éter y en el alzar de mi desarraigo. Porque nunca sentí un amor que abriera mis puertas y pudiera tocar mis alaridos y mis fantasmas.
No tengo ni puta idea de la humanidad, ni de mí en relación a sus alfabetos, ni de mí en equidad con sus pozos ni los libros ni siquiera con los míos. 
Cuando era niña, entregué el fuego de mi alma, al anacoluto y al duende. Y no volví. No me sentí igual entre iguales, sino ciega de setas o al deshuese del piano del extremo de un manicomio.
Por eso mi escritura es una despedida. 
Mi mundo crece en la esdrujulidad de mi hueco, en la intemperie de mi soledad, y en el teatro con los otros. 
No sé cómo vive la gente el teatro. Porque muy pocos quieren hablar sobre él. Están dentro, fingen, tal vez ni siquiera son conscientes de que fingen y manipulan el fractal. Y hacen su vida, ahí, sobre un agujero quemado, levantan paredes, ponen alarmas en sus casas, llaman a la policía si se sienten en peligro sin recordar que el mal es la policía, permiten un gobierno verdugo y ladrón. Trabajan y devuelven lo ganado con extreñimiento al sistema capitalista mientras les devora el hueso y el alma. 
Yo ya no puedo volver allí. Ni mi cuerpo lo recuerda, ni mi pensamiento lo nombra. Mi tierra son los remos de los chopos cuando la galerna escupe la lejanía de Jonás. 
Vivo de lo vagabundo. Todo lo que tengo lo ofrezco al viento que no trae de vuelta nada asible. No tengo amor ni esperanza ni miedo ni futuro. No quiero, ni sé, hacer nada que no sea para la nada o para un poema de nadie. 
Me siento una anciana primitiva haciendo collares con espinas de pez. 
Mi vientre nunca engendrará un hijo ni abrigará tu llanto ni el mío. 
Cuando abro los ojos a la otredad, pienso en la urgencia de la revuelta y la  venganza de los avasallados.
Pero la mayor parte del tiempo... mi vida, es la mar y los perros, los álbunes de cromos de bestias y pájaros extraviados en el sepia violento del olvido.
Me doy al vino a veces y pongo blues y mi corazón late como si hubiera amado hasta el delirio. Como si alguna vez hubiera habido alguien atravesando mi infierno. Pero es todo literatura. Es Alicia debajo de mi abrigo echándome amanitas a los arpones de la muerte. Es fractal y verso, pedrada y pérdida. Nunca me fui del fusil de mi infancia y su soledad. Nunca puse mis dos pies en la tierra. Ni desposé mi alma a otra vida. Fui infiel de todo lo que creí cierto y mío. Fui zarrapastrosa del objeto, del sentimiento y de la ausencia.
Fui succionada por cada verso que escribí hasta la apología del rayo y del cubismo, sin ancla ni retorno.
Y lo escrito se quedó para los lobos y para el fuego. Ni siquiera me vinculó a una morada ni a un abrigo.
No tengo trabajo ni pienso buscarlo porque me da mendrugos el aire.
No soy ciudadana. No doy mi consentiminto. No soy mujer. No soy hija, ni hermana bastarda de la cultura. No vivo en el s.XXI. La escuela sólo me enseñó a quemar naves y amar a los perros. Me la suda la historia y la geografía, la ética y los tribunales de justicia, los gobiernos de  verdugos y lacayos y toda su infecta policía. Me la suda lo que cuece en la cocina mi vecino y lo que tira por el retrete o entierra en el fango de su alma. Me la suda mi historia en otros ojos y los otros ojos en la profanación de la luna. Todos somos lombrices que han olvidado matar al presidente. Todos somos teatro que ha olvidado para qué sirve la función y quién coño querrá verla.

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