HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Pongo un poco de música y balanceo mis piernas entre las cuchillas de las nubes y un mar que se quita las bragas. Vuelvo a amar hasta la locura a todos los que alguna vez me clavaron un poema en la pobreza y pusieron más rojo y más profundo el vino que me quitaba la sed y le daba un hobbie a la muerte para que no me mordiera las zarpas.
Creo otra vez en el milagro de los perros y del dadá, del temblor y del límite, de la conspiración y la ayahuaska, la ciaboga y las ganas de volar.
Y me tosta el sol los carámbanos que había enterrado en tu colchón.
Y se deja meter la lengua la raja del cielo.
Y no estaremos mucho tiempo aqui arriba... pero  no olvidaremos la canción cuando volvamos al fango.
Siempre alguien cuidará de la luna tocando una canción muy triste, mientras los payasos se pinchan las sienes con estrellas y se devalua el corte de las venas entre las pinturas.
Como no hay sitio para la suerte ni para el paraiso, nos iremos con los vaqueiros de alzada a llorar la lluvia abrazados a alpacas y a guijarros.
Las flores comerán la risa de la novia.. y el peyote hará pálida la quimera de la dicha. Para volver a inyectarnos en las neuronas una cama sin estrenar en los mástiles de la guerra.
Una de cal y otra de arena, una de marihuana y otra de guillotinas. Una sólo tuya y otra de la muerte. Vamos de pura casualidad. Equilibristas de los cuchillos. Supervivientes de las cumbres de la nada y del fracaso. Con un bote de veneno y un gorrión. Con una ventana suicidando al vecino del quinto y un ojo de buey echándole jazz a mis ganas de morir en su orgasmo de la medianoche desiluminado entre las hogueras del Imposible.
Vamos con tropecientas enfermedades testadas, en el orificio del corazón, sabiendo oscuramente en cualquier momento nos toca a nosotrxs y nos llevarán los peces donde ningún poema venga a buscarnos.
Vamos con la hipocondria del suicidio de dios, echándonos de los trenes, despidiéndonos, dejándonos a la luna de Valencia cuando el vendedor de humo se muere de huesos de caimán. Vamos al borde del abismo robándole armónicas al fin del mundo y a la crisis de nitroglicerina de la humanidad.
Déjame abrazarte con los abrazos de mi perro y con el silencio contrincante de los cadáveres de maíz y las olas absorviéndo del pensamiento la posición en la sociedad. Que no sea mi cuerpo el que te abrace, porque mi cuerpo es también una tumba. Déjame asirme a tí, a través de las porcelanas que destruye tu absenta en el piano. Porque tu cuerpo también es un mástil de fantasmas. Porque nunca la tierra pudo acogernos sin haber incendiado sus fauces en la hiper-realidad del LSD y los pozos.
 

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