HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Sale vapor de los tejados al darles el sol. Como si desde allí crecieras los vuelos de las garzas. Como si pudiera amarte todavía y la voz de ese amor bregara mares y continuara sin romperse en las piedras, sin aguijonearme la opacidad de lo imposible, la ausencia chillante de la flor entre mis dedos. Yo no necesitaba la tierra, ni siquiera tenerte en mi cuerpo. Siempre tuve la obsesión de la distancia navegando a lo imposible con la indestructible fe de lo que aún no ha nacido. Por eso te amé tanto. Fuiste lo más cierto, lo más verdadero entre mis mundos de humo y de pulgas de Alicia.
Luego se me hizo inviable seguir amándote. Me tragaron las hojas de los chopos sumergidas en el fondo de los ríos, preñadas del lodo de lo olvidado. No pude hacerlo más con el verbo, ni con mi piel ni mi principio ni mi fin. Se quedó levitante en las metáforas de la materia inerte y de los sueños de las arañas. Se quedó como un arpón en mi pecho salvando las ballenas varadas. Sin poder salvarme a mí. Te odié por no tenerte. Por no oir de vuelta en tus ojos taciturnos los excesos de mi vino. Porque desangré todos los poemas que me quedaban, suicida en tus techos y la ausencia fue congelando mi esperanza en volver a verte. No quería renunciar a amarte. Pero me mataba hacerlo. Mi alma se bifurcó y el nexo era algo olvidado en tus papeles, algo que nunca volverías a escribir en tus poemas. La palabra que no volverías a posar en la angustia de mi whisky. Y mi suicida romántica fue perdiendo el norte, los remos y el pago en los bares. Fue haciéndose vagabunda, llena de barro y de babas de perro. Llena de gritos sin eco ni pared ni espada que los detenga. Con una flor prohibida cerrando mis ojos en el fondo de la mar. Y una página lasciva ensangrentando las vulvas de tu muerte. No sé si me quedé colgada de tu piano hundido en el leteo. O del mio sobre tus piernas cuando era la hora del fin del mundo.
Hoy ya no tengo la continuidad del poema que pueda esculpir tu mirada en la mía. Tampoco tengo el olvido ni la esperanza, ni el deseo de que esto hubiera sido de otra manera.
Sólo muerdo trenes en la nieve. Golpeo un teclado que escupe garjeos de mirlo y de zarzamora, en la espina boicoteada de las ausencias. Remo las despedidas, donde entren todas a la vez y no tengan que ver contigo o al menos no me hagan daño al recordar. Y a trampa de mariposa y de literatura, sigo bailando cuando la luna sueñas con esas guillotinas en la plaza y con tus ojos de negrillo en el centro de la noche, no siendo ya tú, sino todos los ojos que no trajeron acá nunca la propiedad del derribo.

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