HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se espeluzna en el desarraigo de tu nombre en la ginebra. Mi tísico pájaro de los golpes y la ausencia engalanada por la canción de la alcantarilla. Preñándote el pecho y el cáliz, de devaneos de la muerte y el entusiasmo de los que lo han perdido todo.
Con la lengua para afuera, lamiendo el fango y los genitales del cielo. Tomé de tu casa lo que no era mío. Y robé lo que me robaste para dárselo otra vez a la furia de la mar en la venganza del olvido.
Te amé, 200 constelaciones en contra de mi salud y de mis papeles. Luego fueron los perros. La camisa cortada en pedacitos por la dentadura postiza de tu abuela. Cuando éramos dos genarios al raso de la nieve, claudicando las espadas de madera. Cuando bebíamos porque teníamos sed de la Osa Mayor y todas las moradas eran cementerios.
Y mi agujereado corazón ya no tenía arreglo ni las palabras hacías poesía.
Y febril de absenta y de pecado, te usé chivo expiatorio de mis bodegones en celo sobre la soledad de la soledad quitándose las fragas en el falo de una paradoja que vino llena de sangre desde tu alcoba a mi intemperie.
Cuando en lugar de llorar, preferimos ser los malos. Cuando al abrir la mano, se perdían 500 nubes de la sombra de tu máquina de escribir.  Y no alcanzó la cobertura a llamar a un albañil... Si bebí todo tu veneno con la jeringa clavada en tu médula, fue porque echaba de menos algo en lo que creer sin andar de burdeles con la esperanza.

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