HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se hace de noche.  Tomo una cerveza de 8º que me trajo X. de no sé dónde. El cielo resplandece como si estuviera a punto de llegar el amor, como si no se hubiera ya enterrado junto a la luna, en el cruce de vías que tu antebrazo desgarró en la mesa del bar cuando las horas eran tinta derramado en tu cuerpo, ensalivada por el pecado que cometeríamos cuando juntaramos la mano sobre el muerto que nos robó los almanaques en las arpas del monte, llovía, estábamos empapados de mundos destruidos y no podíamos parar, ni hacer tablas ni en el ajedrez ni en el fuego.
La luna asoma entre las nuves, es la última dama que recordó tus versos antes de que todo se lo dieras al naufragio. En algún lugar ahora pasas frío muy lejos de mi frío. No es mi desvelo el que ensucia el suelo de tu habitación, no es mi risa la que empaña tus cristales. Ni siquiera mi olvido está allí.
El paisaje parece amarrado a un motor de fuego a punto de galopar todas las historias que alguna vez oimos cuando buscábamos una salida y llegaron como un accidente y se quedaron como una balsa de hachís, donde deshacía en mis dedos tus polillas fantasmas y los lirios despertaban cuando yo dormía la tiniebla entre tus huesos.

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