HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se me han acabado los mecheros, ando con una caja de cerillas.
Tal vez venga la nieve. Tal vez un día te olviden los venados de mi noche. Y los poemas devoren de tu recuerdo, las bailarinas de cristal que te ofreció mi tumba a cambio de no decir nada, hacer que todo esto fue el accidente de un absurdo, ebrios de asteroides y de últimas botellas al suicidio de los faros. 
Bregar en la víscera de mi diario tu alma de duende y de enfermedad. Desterrarte por infinito y no por tirsteza de todo lo que calla en la ruina de mi habitación cuando vuelve el frío y no tenemos piezas de lego para desatar del alcohol el armisticio de la huella  y el camino.

Ya sólo me dedico a lo volatil y a lo que se destina en su derrota. Todo lo que escribo es la oquedad del ojo de la cerradura de tu casa de putas en mi vino peleón. Todo es de los sapos y de las piedras. Yo soy la deshacendada. La del vaho y los difuntos. Amiga de perros y de ratones. Golpe de la pared en tu cuchilla de afeitar. Pleitos de un romanticismo que tuvo que volarse la cabeza. Insaciable monólogo interior del fin y mi palo de madera de nogal haciéndome cascajos de lo imperdible en el vete a tomar por el culo de una paloma y una flor.

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