HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se oyen ladridos de perro. La humedad de la soledad en los patios, con la nostalgia de los topos el fondo de tu vaso congelado de mi voz. El tiempo de los líquenes y el aguardar de la nieve, sin nada en los cajones ni en los pretextos, salpicando la soledad con los espías de tus barcos de papel en las brasas. Con el amor como una tirabuzón de la tormenta, acuclillando las casas arruinadas a la página que te persigue desde la cloaca y su canto de sapitos y de umbrales de dinamita. Todo se evapora en la pasión de la mandrágora. Se abren las paredes en el sueño de tus pupilas dentro de la mar. Y mío es todo el frío y todas las sillas vacías que apoyan mi sombra en la luz de la tiniebla. Suena un tango o dos camaleones en tu tumba. El hueco de mi mano contiene muchas manos separadas de mi vida. Una flor de lava sacudiendo los barracones de mi olvido donde brindas el fandango con las ruinas de una hoguera y te atas a mis derrotas como el siguiente poema que será del polvo y en su paso, abrirá mis habitaciones húmedas de tu carta suicida apoyada en mi mejilla como el corazón de un ciervo.

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