HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se quedó como una bala perdida, atada de tu pecho a las quillas de los barcos que sin tripulación ciabogaban la atracción de la amanita mucho más allá de la muerte que nos dio la primera palabra que conocimos.
En tu cuerpo varé el desdén del vino de esas noches trapecistas de la aurora boreal y del fracaso. Manipulé... el hueco de mi mano cuando radiografié tu piel con mi lengua como si el papel de calco del olvido me devolviera una orilla donde tú no eras un escenario más en el guión de los actores de la obra suicidada.
Manipulé lo que me devolvió en rubor la mar y la distancia. Porque quería salvar a la literatura. Porque quería hacerte un excepción entre el cabaret y la merca ambulante. Y tú también obseso por esas historias que alguna vez te contaron los marineros llorando ballenas en su taza de vino, te dejaste seducir por el Imposible que entre los dos nos contó al oido sendos secretos y la maldición de las pitonisas.

Por eso hoy el maiz, en la puerta de un cine, golpea aves noctámbulas en la llaga de la tierra y usa nuestros recuerdos como chivos expiatorios de la belleza.

Por eso llevo tu retrato muerto grabado en mi corazón. Y cuando suelta cuerda la calle y la deriva, es tu sangre la que en el cáliz roto en mis labios, conoce la siguiente historia.

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