HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo está bien así, las ausencias son recíprocas de algún alarido de la mar. El tiempo cumple su desobediciencia. Su amor de caos en la fuente de los álamos y de la selva. Ya no hay ambiciones ni apego ante lo material. De vez en cuando soy errática de lo que creí amar de la palabra y el paisaje. A veces soy aguijón y cuchilla, a veces mi absolución con armónicas y vino y salitre. No pretendo llegar a ninguna orilla ni cima, respaldada por la humanidad ni sus favores. A mi poesía le pido sólo la víscera, lo otro lo toma el fuego y la despedida. A veces sueño con un amor épico y explosivo. Pero estoy bien sola. Los animalarios también levantan las olas en mis ojos.
Como no le doy demasiado a la fe, soy feliz entre las pieles de manzana y el latido de los pájaros. Sé que vendrá el espanto, sé que a veces desearé pegarme un tiro en la sien y que desaparezca la tierra junto a mí. Pero otras veces, amaré los chopos, celebraré las hierbas y los bichos, la vagabundia y lo incognoscible.  El espanto y la tristeza, está agasajado en la tierra. Sobretodo desde que el poder ha corrompido lo que no es de nadie y ha privatizado la carne de la palabra. La muerte se lleva a las canciones de amor. Aunque más poderosa que la muerte es la memoria de la luna. 
Siempre habrá alguien enterrado en el vaso de vino. Siempre habrá un agujero en el corazón. Pero siguen naciendo lobos en la montaña.  Y aunque no haya dónde esconderse de nada, porque el infierno está abierto en canal en nuestros propios huesos. Hay un vigor por el canto roji-negro, por la ternura de los pumas, por la canción de la ayahuaska.

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