HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo ha sido raro. 
Enamorado de los exabruptos.
Con la sensibilidad de la polilla de polvo y de tu lágrima sobre los perros.
Con la espada de madera hundiendo su alfabeto en la infidelidad del horizonte.
Con mil y una pasiones en la brujería de la luna regurgitando margaritas de tu coñac.
Tantas fechas y barcos del abordaje, del suicidio y del amor eterno, hoy sumidos, en la prisión del dadá haciendo agujeros a la inexistencia.
Tantas veces tu nombre en la punta del bolígrafo y en la brecha del cielo, trayéndome de vuelta las algas y el granito del salitre, como golpes de cierzo donde las huellas de la nieve someten el tiempo de los olvidados.
Y no fue hacia la muerte ni hacia la vida.
Se mantuvo rizoma y hambre de oruga en mi buhardilla. 
Se quedó memoria desmemoriada del duende y de la herida. Como perfume sin literatura, como literatura sin orilla ni fin.
Como la sal en lugar del vestido. El hueco de la mano, en vez de el nombre. Aviantando la luz de diciembre en el afecto de los ciervos y de las veredas empapadas por lluvias exiliadas que siguen cantando el fruto de tu vino, cuando los vagabundos al piano son ejércitos y su pobreza es mi única esperanza.

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