HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

últimamente soy muy compulsiva, apago un cigarrillo y enciendo otro con la brasa de la colilla, tomo un litro de café y cuando lo traté de rebajar y cambiar por té, tomaba 6 tés y me sentaban peor. Si me da por la cerveza, tomo dos cajas. No sé qué coño me pasa. Creo que es falta de comunicación con la inexistencia.  Me entra un síndrome del vacío. Tiendo a ser yonqui con lo que toco. Cuando fumaba porros, fumaba hasta pulverizar la piedra, hasta que iba tan ciega que ya no era ni a liarlos. No dejaba nada para mañana. Hasta tuve una racha de ludopatía. De excesos de whisky que acababan en coma etílico. De viajes de ácido que acababan en el manicomio. Y luego la época compulsiva del amor y su cabaret.  Con K. también era yonqui, con la luna, con el pozo de los románticos, con la rabia del 36, con los ladridos de los perros, con la escritura, con los muertos, con los vivos. 
Soy excesiva hasta que me entra la náusea y se me cae la tensión al río del olvido. Como si tuviera un monstruo en mi corazón girando enloquecido manecillas de éter. 
No conozco la mesura. No conozco el reposo. Ni la meditación. Tengo una ánguila eléctrica en la cicatriz de mi cuerpo... y en la despedida de cada palabra.
Sólo he sido verdaderamente feliz dentro de la mar. Sólo ella me ha contenido y liberado hacia la vagabundia de la belleza y la idea de una morada.

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