HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Voy hacia el desapego. La idea es hacer de la nada, una trinchera, hacer de lo perdido la arquitectura del vals de la absenta y la carcajada del Teatro. Es renunciar henchida de blues y de estrellas, a un oficio, a la propiedad, a la riqueza, al ser alguien, a la trascendencia, a la verdad, a la masturbatoria del poema. Es deshacerse de las necesidades, las emocionales, las metafísicas, las del ego y lo yonqui de la escritura, de mi puta ansia y síndrome del escalofrío. Aunque en el fondo, busco el desapego, para estar en el escalofrío. Codicio. Codicio con locura, la libertad de la locura. El orgasmo de lo vivo, de lo evocable, aunque lo lleve al éter. Tengo sed.  Ese calambre me lleva a la escritura. La escritura nace del hambre, de la carencia. Lo que yo busco, es que los momentos de náusea y desolación y tormento, me provoquen éxtasis. Aunque sea un éxtasis de moho y de un tipo que se ahorca del puente. Me da igual. No quiero hacer distinciones. Quiero sudar y mear y menstruar y empaparme de la poesía y el éxtasis, dentro del crematorio y en el vacío. Por eso tengo que metamorfosear mi mente al recibir el choque frontal del vacío, volver placer, aunque sea de la tundra y de la oscuridad, del suicidio del diccionario y de la indigencia, la succión de la enana blanca. 
Para ello tengo que destruir mis prejuicios sobre la felicidad. Tengo que amasacrar lo que yo le pedi a la felicidad. Tengo que ser una anguila, una nube, un cactus lleno de espinas en medio del desierto.

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