HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Vuelve la vida. Porque sí. Porque las flores de la escarcha no preguntaron cómo llegaste aquí, ni cómo desapareciste en las mandíbulas del lago. 
No me acostumbro, a la muerte de todos los poemas, en las eclípsis de caducas sogas, ahorcándote de todos los futuros y usando mi carne, como tumba. Pero los pájaros anidan en tus falanges la coacción del piano contra la muerte.
Es muy raro vivir, en el extremo donde se mezcla lo desaparecido y lo llegado, al asalto de los violines en los barracones.
Ir desde la perpetuidad de las ruinas a los recien nacidos gorriones.
Aguantar la belleza del sol, en la caligrafía de la tierra vomitada desde tu ojo de buey, al motivo del eterno amor del poema y la ausencia.
Tal vez estamos entrando en el camino del Innombrable. Y el cordón umbilicar de Artaud hace de soga y de motor, en el enamoramiento de la distancia y de la luna.
Donde somos homicidamente vagabundas e hijas de los astros. Donde un andén expía el verbo de tu llanto, como balsa y como golpe en mi boca. Y no distingue el perfume de la letra la gravitación de la ceniza cuando sobre tus pérdidas aulla una música extraña, que a veces es la muerte, y a veces la última esperanza.

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