HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ya la noche. La mueca de tu piano, enterrada donde esa voz se abre en la profundidad de algo que no sobrevivirá la noche. Atado a ti, como un desfiladero, revierte en mi vaso de vino, siglos de la tristeza que la tierra acuchilla en los álamos que te oyeron remover todas las distancias en una mordedura que disoció en mi ausencia la especulación de tu voz sobre lo inabarcable. Y te miraba desde lejos desaparecer del interior de ese grito golpeado en mi vida como la continuidad de algo ilegible. Con mil despedidas en la sombra de los trenes sobre el abismo que despidiaba tu silencio en esa calle del carnaval. Con mi lágrima como el suicidio del lienzo dando alimento al charco de la nada, donde borracho asomaste lo que no se tenía en pie en ninguna esperanza.

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