HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A mi abuelo, le llamaban El Cacharrero, porque ese era el oficio de su padre. Y también le llamaban Halisco, por la canción mexicana, que al parecer la cantaba siempre que se emborrachaba. Recuerdo una vez que le dijo mi hermano "Halisco ¡no te rajes!" Y él dijo "estoy yo como para rajarme". Y nos meamos de la risa. Él tenía expresiones muy peculiares.. y una forma de enfurecerse, de entristecerse, de resucitarse y caerse en el fango y volver a levantarse, muy ardiente y teatral, muy exagerada, y a la vez primitiva y natural. Mi hermano le hacía muchas perrerías. Y era muy insistente cuando quería algo. Era insistente hasta volver locos a todos. Y una vez de niño, no sé si le pedía 5 duros, o no sé qué coño le dijo que lo enfadó. Y mi abuelo cogió y se tiró de cabeza a la nieve. Y luego mi madre y mi abuela fueron corriendo a levantarlo y a reñir a mi hermano. Eran situaciones muy cómicas. Mi abuelo era muy surrealista. En sus últimos meses de vida, cuando estaba en el hospital, él quería ir a pasear por el pasillo, pero mi madre no lo quería dejar salir porque le habían dado no sé qué medicación que lo podía marear y le dijeron que  guardara reposo. Pero mi abuelo quería salir. Y empezó a darse cabezazos contra la pared para chantajear a mi madre. Y se generó una atmósfera detrás y de situación que nos hizo reirnos como en El Milagro de P. Tinto. Porque lo que suele hacer generar la liberación de la risa, no suele ser el hecho, ni lo asible. Es algo abstracto, la atmósfera, el conocimiento de las capas de detrás, del otro, un conocimiento del tiempo y de la memoria, o algo de la situación... y de lo que supuestamente vivía censurado y se desprende como una catarata.
También cuando hay agentes, de autoridad, o lugares que nos posicionan fuera de contexto, o al alzar del esperpento y la insumisión.
Como una vez, cuando trabajaba, y el jefe estaba muy enfadado ese día y tocacojones. Nos gritaba que lo destruíamos todo y que éramos unos chapuceros. Nos echaba la culpa de todo. Pero luego él, había metido la pata y había echado experimentalmente un barniz, en uno de los muebles que estábamos haciendo y lo jodió todo, y quedó de un color horrible. Y el compañero le dijo "te quedó de color cagao maravillao" Y a mi me entró un ataque de risa que no pude contener. Y el jefe me miró muy mal y enfadado. Y tuve que salir del taller a carcajearme en la puerta, pero seguro que se oían igual las risas, porque cuando me da ese tipo de risa me sale muy fuerte el sonido y me cuesta mucho parar.
También me entró un ataque de risa, dos veces, dentro de una misa. 
Y otras muchas, en el manicomio. O cuando fumaba hash. Y se daba el surrealismo, lo inconveniente, dicen que el hachís viene de la palabra asesino. Y sí que lo es, porque destruye del todo, esa capa de la realidad ordinaria y el teatro social y se profundiza sobre el extremo, rompiendo todas las censuras y las líneas de la moral. Salpicándose como el más allá. Como el latido de lo más salvaje e íntimo.

A veces hay risas crueles y perversas. Creo que se dan, cuando se fuerza la antagonia. Cuando un lado de ti, empatiza y se involucra y siente pena y seriedad. Pero hay por ahí un rayón de surrealismo. Una vez me contaba un compañero, una odisea que tuvo, cuando fue a pedir la eutanasia no sé si a Bruselas. Decía que le daba miedo matarse a sí mismo, así que prefería hacerlo allí. Y me contó de todas las dificultades para llegar allí, del problema del idioma y entraba en muchos detalles, y luego lo metieron allí en un psiquiátrico. Yo quería mucho a ese chico, era terriblemente bueno, de ese tipo de personas que siempre tienes ganas de abrazarlo y que puedes confiar absolutamente en ellas. Esas personas que siempre emiten ternura y amor... y son siempre niños.  Pero al contarme una de las escenas...donde al parecer discutían dos médicos, me atacó el surrealismo. Luego me sentí muy mal por haber herido su confianza.

También se dió una escena, así, cruel. En una cena en el manicomio. Un hombre tenía perforada la tráquea porque casi se muere en un intento de suicidio y le habían hecho una traaqueotomía. Y ese hombre estaba confiándonos su experiencia. Pero como estábamos todos empastillados. Pasó algo muy raro. Una mujer que oía voces empezó a carcajearse a lo loco. Ella no se reía del compañero, se reía de algo que le habían dicho las voces. Y a mí se me pegó la risa. Y luego se empezó a reir medio comedor. Y ni dios podía parar. Sólo el suicida estaba triste. Y un compañero empezó a decir que era una vergüenza que nos riéramos que es muy seria la tristeza de ese chico y que éramos unos hijos de puta. Pero no creo que ninguno nos riéramos de ese chico, nos reíamos de la risa. Y ante su enfado crecieron estrepetitosamente las risas.  Yo no podía parar, me dolía la barriga de reirme y quería dejar de reírme pero no podía.. Nadie podía parar. Vinieron las enfermeras a poner su órden y estuvimos como 15 minutos riéndonos sin parar hasta la ausencia.

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