HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A veces pensé que fue el nihilismo y lo ateo, lo que curó mi locura. Pero dentro de mí, algo durante todo éste tiempo, siguió utilizando la psicomagia y esas maneras del hechizo y el chamanismo, y el ensueño y la intuición del éter, y la llamada de la gota sangre secada en el fuego. Algo que el alter-ego de mi escritura jamás quiso confesar y que usó precisamente con cinismo y metástasis poética, destruyéndolo... barriéndolo con el dadá. 
Soy incapaz a creer en un dios. Estoy en contra de todas las religiones y los cuentos que echaron sobre la humanidad para mantener avasallado al pueblo, sometido a la dialéctica y que no se rebelará. Estoy en contra de todas las religiones y deidades que tengan más de un seguidor.  Desprecio profundamente a los obispos y a los cuentos de la iglesia católica y su virulento corazón, usurero y perverso, codicioso, lleno de propiedad privada y jerarquía... envenando las almas de los niños....así como despreciaría a los de Alá si los conociera y me afectaran o los de cualquier otro.
Y sin embargo, tengo una relación íntima con algo etéreo e inefable. Con los espíritus de los animales, con la naturaleza, con algo no muy verbalizable, de insconscientes colectivos, de escalofríos de energía, de una intuición primitiva y el oler del alma de la gente... el oler de detrás de los ojos. 
Algo que no había escrito y del que no hablo con nadie. Algo que permaneció aunque destruyera toda la mística de mi locura.  Como por ejemplo... el tratar de curar a la gente, a veces me conecto con algo lejano, sobretodo cuando oigo a mi padre toser o lo siento enfermo, y trato de enviar "energía". Trato de influenciar en su subconsciente. También en mi soledad.. cuando no estoy escribiendo, converso con algo abstracto. Hago ciertas cosas... abstractas... invoco lo que debe de ocurrir, siento en mi cerebro un calambre, y empujo mi fuego o mi vacío, hacia el lugar en el que siento que debe abrirse la ventana y mantener el paso, encima del precipicio. 
También lo hice cuando murió la abuela y el abuelo. Los dos murieron con su mano en mi mano. En esos segundos de agonía, donde empezaban a estertorar y a hacer esas muecas últimas, yo me conecté con algo muy lejano, me sentí protectora, vehículo, o espejo líquido o qué coño sé, del latido de lo más lejano.. traté de enviarles energía... o tal vez tomé la suya, o ambas cosas, no lo sé, era algo irracional.
Estas cosas, no las escribía, porque el alter-ego de mi escritura, es ateo.  Pero siempre... los gestos inefables del canto de los indios, fueron muy importantes en mis resoluciones existencialistas y en la toma de los caminos.

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