HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Alguien me ha dicho que vendrá la nieve para el fin de semana. Así que me iré a esperarla.  No confío demasiado en que caiga la suficiente nieve. Cuando era niña, era habitual que cayera un metro y medio. Ahora estamos jodiendo más el planeta. 
El poema no está. Hay un rubor de diario. Hay un rubor de desenmascarar el papel de lija en tus ausentes ojos, cuando toman el viento las garzas y tu casa se vacía.
Llevo demasiados días en la ciudad. Ya me llama la latitud del aislamiento social... y la naturaleza. Cuando estoy allí, se desarrollan otro tipo de sentires. Que nunca lo hacen cuando convives con gente. Aunque puedo entrar aquí también en mi soledad, no es lo mismo. Porque la soledad cuando se sabe, abre la alegría del surrealismo y también su espanto. Pero no hay muletillas afectivas para desvirtuarla, ni ruidos, ni interferencias, ni ocupaciones sociales que te hagan de anclaje contra la deriva. Y se liberta el verbo hasta su etanol.

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