HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Alguna vez amaba allá atrás. Y tenía mil y una canciones, para bombear al cadáver cada noche a mis brazos. Pero la pena no dura más de tres asaltos con la muerte. Se corrompe. Evoluciona del hambre de los gusanos y las hierbas que nacen. Se seca de espada empapada. De grito imposible. De hueco. Y algo mío muere cuando ella muere. Cuando viene el olvido, porque no viene por fortuna, viene por desesperanza, viene por angustia, viene por suicidio. No lo trae el poema. Lo traen los desechos que quedan y que son lo único que hay para vivir. 
Y entonces hablo de la metafísica del cangrejo ermitaño. Del punk. De los vestidos de alga bordeando un iceberg hasta la asfixia de los silos. Y me engancho con whisky a una pobre verdad para seguir buscando lobos. Pero lo trajo el naufragio. Nació en la derrota y todo lo convirtió en escepticismo, helio, fantoche de traficantes y mendigos. 

Yo soy un nudo, atrapado en la mar.
Con coronas de muerto, soliviantando a la pelea a los perros.  Tiñendo mis pestañas con hielo, chupando el rojo de la amapola y embriagándome del blanco de todas las distancias.

Con una roca-reloj en mi corazón bombeando la soledad de los corderos muertos en el valle. Sin ni una sombra dulce con la que cubrir lo vivido y dárselo a los ladrones. 

Tal vez mi vida acabe en suicidio. 
No es mala idea cuando los poemas me van cambiando el equipaje por escombros. Cuando algún día frente a la nada, haya que hacer algo, elegir el último verso que no traiga velo de luto ni más agujeros.

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