HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Alguna vez, quise a K. tal vez también a Arturo, como personas sin las que no podría vivir, y quería tener de algún modo, aunque fuera el del humo verde de la cloaca, siempre en mi vida, en mi latir. Pero vino la muerte. Y se hicieron fotografías sepias en la tinta de las anguilas, drenando el oleaje, en espejos rotos de tormenta. Tal vez para poder vivir, tuve que hacer algunos tratos con la cucaracha de Kafka y con la muerte y el éter.
Hoy, lo único que temo, es la enfermedad de mi padre. No temo que un día sea vagabunda sin techo y sin esperanza, o me caiga borracha al río y me ahogue. No temo que salgan lombrices de mis cuadernos y me devoren todo lo escrito y luego lo caguen dentro de una manzana que el invierno destruirá.
No tengo miedo de que vuele por los aires la tierra. Ni que me caiga el cielo encima.  No temo mi propia enfermedad. Temo a la vida sin mi padre. Temo verlo sufrir. Temo su tristeza.  No temo que los dos nos matemos juntos. Sino que me quede yo para contarlo. Ya he perdido muchas veces, personas muy amadas. Y tengo el cupo de pérdidas del todo lleno. Tal vez soy vagabunda a la mayor parte de lo vivo y de lo inerte, para que nada me haga caer. Pero con mi viejo soy todas las indefensiones flotando en la aurora boreal.

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