HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

era un espejo roto entre grietas de apostasia de luz
o mano a mano, dentro de la alcantarilla, drenando el alcohol de esos hospitales, como un barracón en el gruñido de la tierra que se levanta contra su peso
y vuelca el romanticismo
como jeringuilla en tu corazón
cuando la droga es recordar un nombre
y desangrar el cielo sosteniendo en los brazos un vómito de vino que osó desposar tu muerte con la mía
muy lejos
muy tropezados de cachos inservibles de amor en huelga
cuando no dejé de caminar aquél febrero de crucifixión de ciervos en el aro que pasaste rectalmente de la digestión de mi ausencia
al evacuar el norte
al castigar el alfabeto de mi piel en la lanza oxidada del tiempo
y yo fui espía y crimen de tus lágrimas
cavamos durante 100 noches el tango de los muertos
pasé el invierno a ti pegada desde la tumba que recogía todos mis gritos, envolvía la distancia de mi sueño en esos hielos en la bañera
te rehogaba en mi camino destruido como zarzamora, como zapato de alcohol, como vudú de lo que jamás te halló en lo hallado

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