HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Borrar el reproche del poso de vino del poema, hacia el secano caduco de esa margarita de carbón. En paz del secuestro, del derribo, de la melancolía crepuscular de tus noches de verano en el vestido de la muerta. Que no quede cicatriz ni amor. Si quedara amor, quedaría el daño. Es el todo o la nada. Pero ninguna vence ni se queda con el canto. Es oruga de nieve en mitad de la deriva, buscando el verde para el sueño del pintor. Es mi gris de las noches sin mundo.... haciéndote de pasacalles cuando se mueren de sed los peces.
Porque han sido tantas despedidas que ya no nos vamos de nadie ni de nada, ni nada nos deja, porque no lo tenemos.
Mis poemas son vagabundos, buscando el lenguaje de la mar, en los hechizos de la tierra removida, haciendo pianos con tus huesos. Perdiendo todos sus motivos.
En algún momento... la vida explota.. se queda encima del viento navegando el humus y la nada. Y todo va, hacia la muerte.
No sé cuándo le pasa eso a otros. No sé, si pasa igual, cuando tienes hijos y una morada y una estrella debajo del pantano, y un oficio y unos ojos derretidos en tus ojos. No lo puedo saber porque eso no fue nunca mi mundo.
Yo miro, entre las vías del tren, abrirse la manzana de madera. Miro mi alma descarrilar en sueños de luna. Y me sostengo en la vida, por una metáfora amorfa y mutante que no puedo hacer mía ni tocar.
Soy como una anciana, aunque me guste rodar por la nieve y morderme con perros. Aunque me sienta como en la infancia respecto a los caminos.  Y no haya madurado ni una botella de vino entre las tumbas.
Soy anciana, respecto a la llamada de la muerte y al helio en fuga del pasado.

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