HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Cuando era niña, mi madre me daba miles de órdenes, me ponía cientos de castigos y me daba voces y a veces alguna bofetada. Y yo era completamente desobediente. Dejé de aceptar su autoridad, creo que a los 6 años. Había pillado el tranquillo a la ventana de la galería, porque en el piso de abajo había una ventana con una verja y apollaba ahí los pies. Y saltaba por esa ventana. También podía volver a entrar por allí sin que nadie se enterara de que me había ido.. porque eran ventanas correderas que se abrían con empujar y no trababa el cierre. Y usé esa salida hasta los 17 años.
Mi padre en cambio, nunca me castigó ni me amenazó, me convencía con la razón y con el sentido del humor, y yo a él siempre le tuve mucho respeto, porque le tenía admiración y mucho cariño perruno.
En el instituto, los profesores que usaban cierta fuerza y despotismo y apercibimientos y expulsiones, era a los que no dejaba dormir. En cambio los que eran humildes y buena vibra, les quería. Los profesores de los que abusaba el resto de la clase, yo aunque les diera a veces guerra, los quería. Mi mayor enemistad era con el director y con la jefe de estudios, ambos eran del PP, y ambos cuando entraban en la clase se hacía un cortante silencio y domesticación. Me expulsaron decenas de veces y me abrieron expediente. Tal vez era kamikaze de algún sueño, tal vez perdí muchas cosas, pero seguí mi canción.

Por eso, yo no quiero que Kavka obedezca órdenes. Quiero que naveguemos juntos. Que tengamos un bien y un motivo común. Que nos protejamos, de perro a perro, de pájaro a pájaro, de mar a mar.
El Thor, era un salvaje. Vivía su libertad. Entraba y salía cuando él quería, vagabundeaba solo calles y montes. Armaba muchos líos por el pueblo. No había muro que lo detuviera, buscaba la manera de saltar y meterse.. o salir. Amaba a los gatos, pero a las gallinas las devoraba como un zorro, no había supervivientes cuando entraba en un gallinero.... Pero cuando le llamaba a voces por él pueblo, él venía, a veces tardaba cinco minutos en llegar y llegaba con la lengua fuera y completamente fatigado, y se avalanzaba sobre mí y me llenaba la cara de lametones. Cuando yo estaba triste, o tenía miedo, no se separaba de mí. Cuando alguien me caía mal o me daba energía negativa, él lo notaba, y se ponía al acecho contra él. Era mi mejor amigo.

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