HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Dentro de un poco voy a ir con el perro al río. Hoy pasé frío por la noche, se me cayó la manta. Esa respiración estaba a miles de kilómetros de distancia de las caracolas de mis tímpanos. Y la soledad a veces es mercenaria de las palabras que devoró la marea.
Lo que ahora me parece un anacoluto. Dentro de un par de meses me será canto de amanita en la entrópica perfección de los rugidos. 
Siempre es así. Acusa el verbo a la tumba abierta. Y luego el esqueleto baila y graba otra vez un poema en las piedras.
Lo que hoy me parece un agujero atormentado, se convertirá en un mantra de música. 
Mi escritura sufre en la ficción y agravamiento de mi quebranto, la sombra que me acusa. Mi escritura se da al fango. Luego hay una vuelta de campana en la expiación del ojo de cristal subiendo las escaleras. Y donde hubo abismo, hay orgasmo de estrellas. 
Los hechos no son importantes. Son cubismos del fuego de detrás. Puro azar. Escenas secundarias del teatro de etanol.
No son de los hechos de los que depende mi felicidad. Por suerte nunca ha sido así. 
Lo que de verdad me llega como una dictadura, son los huesos del dadá. Son ellos los que me provocan el infierno o el paraiso.

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