HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Este invierno, lo siento como un verano clandestino entre quillas y corazones de alga. Lo siento un resurgir, hacia la cresta de la nada. Un mantra de carreteras voladas por los aires en el beso de la flor. Me siento más libre, porque cada vez tengo menos intenciones, verbos y destinos.  Porque la melancolía ya no tiene atrás ningún paraiso ni letanía.  No cargo ninguna obra, y la necesidad sólo es el poema y el amor con los perros y los montes. Es como si entrara más hondo en mi camino, un camino casi ausente, un enamoramiento de brasas y silentes de tilo. El gozo de la metáfora, el gozo del vaciamiento, del absurdo echando al canto la jauría y el suelo. 
Ya no necesito el amor de un hombre, ni de un horizonte, ni de un libro. No busco nada en el exterior, lo entrego en la sinergia de la naturaleza, en el eco de un espíritu jaguar sobre la nada. No me afecto por las afectaciones. No me padezco en el quebranto ni en la felicidad. Sólo me muevo, sin dirección. En el instinto del ocaso y de la mar. Sabiéndome todos los fracasos y despedidas. Sabiéndome hija de la ceniza y de Mercurio. Sabiéndome la olvidada, la que no dejará nada en la tierra. Sólo hay unas 5 personas que les haría sufrir mi muerte y estadísticamente todas morirán antes que yo.

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