HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy ha sido un día casi perdido para la escritura. Por la mañana he estado 4 horas fuera, luego me lié otras dos horas convirtiendo un archivo de xml en pdf y volví a salir a la calle.  Y ahora ya la noche, la ventana roida en tus palabras inútiles sobre el lecho de las margaritas suicidas que abusaron de tu amor y de tu insomnio.
Esa sensación de naufragio... arrastrándonos como leño entre las olas. Angustia de Casandra en el hundimiento de Troya cuando nadie creyó sus ojos. 
Me siento por eso la sepulturera. En algún momento la censura de los hechos en la página, se volverá metáfora. Quedará la literatura, mientras ya no ofrezco ningún camino ni salida. Mientras yo también abro la botella del fracaso y río enloquecidamente el transcurso de la caída. 

El otro día me imaginé que me quedaba amnésica. Y que usaba mis escritos para saber quién era, sólo los tenía a ellos y esos escritos me provocaban el necesario subconsciente. Pero mutado. Y la amnesia me daba otros 20 años de esperanza de vida.  Pero al basarme en mis poemas, había mucha información inaccesible, fractálica de un rizoma. También la manipulación de la herida, de lo que duele tan hierro incandescente que mata decirlo como llega al cuerpo.Y la poesía es su cárcel de oro. Su apostasia de clavos y martillos, en el toro desollado por lo que calló el sol en una plaza ensangrentada. 

Por ejemplo cuando escribo "hoy el horizonte traga tu ojo de cristal y lo apuñala en mi pecho". Lo que ocurre realmente puede ser un desamor de la arena, los ojos suicidas de X. imponiéndome su suicidio. Puede ser que salió jodidamente mal esa oruga de mi buzón y sólo bebió de tu ventana gritos sordomudos. O algo mucho más vulgar, una náusea y diarrea de caminos desconchados en la bala que falta en el cartucho. Lo cual quiere decir, un vómito verde en mi deseo de destruirme.

Cuando empecé a escribir de verdad, fue cuando odié profundamente al mundo y a mi vida. Fue a mis 18 años. Antes de eso, escribía por vicio, lo hacía de forma más bien periodística con tus cadáveres, hacía diarios, escritos de la filosofía y la metafísica. O notas que luego se perdían. Pero estaba demasiada ocupada en vivir y hacer, para escribir. 

Empecé a usar la poesía. Porque tenía asesinatos en mis sentimientos que me atormentaban con delirio. Me llegaba una información de pesadilla cinematográfica, de deseos de ahorcarme de un árbol, de matar y salir volando por los aires. Me venían ciertas vivencias como un mal viaje de LSD, como una anticatarsis que se gangrenaba en el chillido de mi soledad. Por eso empezó la poesía. Para soportar mi memoria. Para manipularla. La poesía vino, como una trampa.  Como un chivo expiatorio de mi sufrimiento y submundo cotidiano. Apareció para decir la verdad que tenía mi entraña y me sabía a un crímen y me hacía sentirme terriblemente perversa y sola.

Este mes, cumplo 31 años.  La poesía lleva 13 años, sufragando el silbar de esa calavera en el interior del cierzo. Ya no me duele nada del pasado. La poesía lo tragó. La poesía lo cagó en metastasis de pájaros y nevadas.

Ahora el problema, es que la vida que hay fuera de la poesía, sólo es un sepulto labrando líquenes y muérdago. Sólo son fantasmas. 

Y el rubor cotidiano que sigue afectándome como un alambique desvelado de muertos vivientes, ya no se posa en el corazón de mi escritura, lo hace en sus sucias manos, en sus armas y palas, en sus retretes y cloacas.  Ya nada me toca el fondo de los huesos, porque la escritura lo manipula desde su presente y me llega la sangre del colgado encima de las amapolas. 

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