HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy todavía estoy en los suspensivos de la calima. Tal vez siempre vuelvo a un fuera de campo, porque cuando me creí dentro de una obra, todo lo devoró el éter y lo distorsionó la distancia y el olvido secuestrado de la canción de los cristales.
No habito las nociones de mi propia historia, ni de una identidad o motivo. Alguna vez las viví con extremo. Y su final fue insostenible dentro del hilo argumental. Lo puso todo patas arriba. Se lo dio al moho y al oleaje. Lo arrancó de mi pecho. Lo dejé endeudado en la hipnosis de la luna dentro del pozo. 
Por eso vivo sobre el fuego y la ausencia. No soy consciente del poso del poema, aunque tal vez exista, tal vez me dé un cuerpo, pero es un cuerpo que me desvela y que no me sostiene, y tal vez es ese mi cuerpo... el que me aleja.
Viví la ausencia con la arquitectura del delirio de la ausencia. Viví en estados de conciencia tan abisales y antiterráqueos que la idea del precipicio se hizo una balsa en mis pies y el infierno, un jodido espacio infinito dentro de las teclas de un piano de todas las noches de la edad del cosmos.
Creo que mi mayor trampa fue el amor. Cuando amé alguien, cuando éramos compañeros, desvié mi metafísica al gozo a través de él, a la Isla, a través de su whisky. Manipulé mi vulnerabilidad ante la muerte, atada a su sexo, al alarido y la inmortalidad. Usé mi melancolía en los escombros de su casa. Mi soledad en el pretérito de su sudor y cristales empañados. Traicioné a lo solitario en una bifurcación de la quimera. Usé el orgasmo, como un transporte divino,  y amé a aquél qué, como a un dios, como al dios que jamás tuvo el cielo. Y lo peor de todo es que lo hice de forma tan sanguínea que no distinguí mi propia trampa y también urdí la telaraña contra la verdad de los nómadas y los que van solos. 

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