HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy todo es absurdo.  De caminos desvalidos en la noche insomne de tus licores verdes, amontañados de faros punzantes que nos ahorcan el norte en la lágrima del fuego sobre el suspiro del valle. Da igual cuánto diga mi historia, de frente a esos ojos muertos, con mis brazos agitando mástiles y pozos. Nada es mío. Tengo cenizas en la voz desamándote por imposición del Imposible, porque no encontré espacio para esconder la ausencia.
No voy a ninguna parte. Espero como los vagones abandonados los grafittis del suburbio.
Me quedo de caparazón de tortuga, de aullido del hielo... bajo mi casa que se hunde, sólo una armónica de vez en cuando nos hace bailar aunque todo sea ruina.
Me arrastro por tus cementerios de cartón, como babas de nube. Fado, literatura y huecos. Mi sentimiento me deshumaniza, me brota anguilas y tejos, me deja arrodillada encima de los árboles con los yugos del infinito, desangrándote los corderos.
De creer con tanta vehemencia, hoy soy una payasa triste.
Tengo tantas tumbas profanadas en mi corazón que mi camino es el fuego y la rosa de jericó.
Él sólo dejo el humo que no quiso el vendedor de humo. Todo era una farsa de hambrientos. Y ahora cuando alguien me dice que me quiere, pienso en su miseria y que tiene miedo a la muerte, ya no oigo el blues, ni las espinas de luna, cabalgando selvas. Sólo veo el agujero del estómago afilando huesos cuando la azada al hombro llora la profundidad del valle que nunca será de nadie, ni servirá a ninguna palabra.

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