HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La marginación filtra en el crujido de la salamandra. Se hace alambique de algo surreal e hipnotizado por el fuego y el corte vertical del cierzo hacia la Osa Mayor. Mancha versos en la lágrima de las estatuas y escurre el arpón que recoge la cuneta desde tu pájaro de madera. 
La gente solitaria vive sus propias nociones del espacio, de la palabra. Las mías nacen, se reproducen y mueren, en una metáfora. Me llevan a un lugar donde lo existido no lo es en perspectiva ni en reciprocridad de una realidad común.
Vivo obligatoriamente en la alucinación de la belleza y del espanto.
Mis poemas no saben cantar al amor humano. Porque son anacrónicos del romanticismo de los mamut. O algo más tierra en los ojos, más Imposible en el vestido blanco de la suicida dentro del río. 
No escribo con ningún centro, ni argumento, ni moraleja. No hay punto álgido, no hay nada cerrado, ni hay principio. Carezco con desesperación y gozo, de un tema sobre el que escribir.  No nace ningún  fruto de mi escritura, ninguna arquitectura. Y los pronombres son la impostura de la doblez de un oblicuo trasfondo.  
Soy incapaz a concentrarme durante más de 3 minutos en la exteriorización de un verbo. Sólo escribo al exterior cuando escribo sobre política.
Mi aislamiento emotivo frente a la humanidad. Me convierte en la grapadora de la ausencia y de la irracionalidad-médula de lo que me provoca el vuelo de la urraca en la nieve. 
Alguna vez soñé con mi alma gemela. Ahora sueño con espejos derretidos en la mandíbula de la luna bebiendo la sangre de los lobos y de los corderos. 
Mi aislamiento del eco de tu guadaña y mi suelo escombroso de hojas de chopo y heces de gato, me lleva a la apología del desencanto abrazándose a las algas como un cuchillo.

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