HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Los caminos fueron golpeando al hombre de trapo y vómito de luna. Sacando sus harapos y cubriéndolos en mi rostro como mortaja y desnudez. Porque si escarbas, no hallarás ningún dios, sino el espanto... entre cuerpos sumergidos en el pantano, con terribles y hermosas flores en sus mandíbulas muertas. Con la palabra de la tierra seca en tus labios como cascadas de la inmensidad cósmica.

Tan lejos estoy de ese piano.
Ha quedado detrás del hielo. No puedo volver.
Ir. Es renunciar a la esperanza.
Es ser hueso de pájaro.. clavado en el lomo de un coyote.
Es necesario perderlo todo para volver a beber de la tierra.
Mi corazón no está conmigo ahora. Flota en la jauría, como la sed, como el sueño, como el suicidio y el ansia de la vida, dislocada en casas que se perdieron dentro de las llamas.

Ya no me calma la literatura.
Mi cuerpo es una prisión.
El amor fue un asesinato. Lo que quedó era un bodegón de hierbas nevadas dentro de una fotografía sepia haciendo una trasfusión al aullido de los olivos.

Conozco mi desesperación y sólo puedo seguirla. Romper con los nudillos el mármol hasta que vuelva la mariposa de mercurio.

La soledad me agrava y me liberta del cisne destrozado en tus milongas de muerto.

Tendré el secreto de la montaña, si entro a ella, muerta. Si acá de la vida ya no salvo ni un pozo ni una letra.
Sin riendas, sin casa, sin voz, sin miedo. 
Seré lo que temo. Seré el puño de lo que me atormenta. Seré la homicida en lo que me mata. Alimentaré la sombra que me desnutre, hasta romper el muro.

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