HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto triste. No recuerdo lo qué soñaba. Me despierto con las ausencias abiertas en canal en esa mariposa de papel que ardió en el interior de tu palabra. Ayer algo pasó que me enfrentó al desarraigo y a la desesperanza. Y hoy todo se tortura sobre el sueño desaparecido. 
Duele el abstracto, la verticalidad del abandono, en una herida que la soledad tiñe sobre viejas estaciones que no recogieron nunca tu voz.
Es cíclico el espanto y la antagonia de la amapola, caer y subir, secarse los huesos en tendales de urraca y grabar tu sangre donde mis labios nunca han gesticulado los agujeros del norte en la nieve que marcó tu cuerpo con la tiranía de un pentagrama de mezcal.
Soliviantar la tragedia en esos grumos de tierra dentro de los ojos, y defender con todo lo que no existe el tacto de la mar.
Todo está dentro de los espigadores de la literatura, en su mesa de naipes, en su ausencia. Hiriendo su desarme en tu mirada cuando acoge lo incognoscible en ese mundo que se suicidó cuando asiste a los corderos en tus lágrimas.

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