HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto... soñaba algo raro de una persecución y unos bares y luego estaba mi tio, muy contento, celebrando música  y vino, y apareció su mujer y su hija, muy bien vestidas y maquilladas, amenazando. Mi tio estaba cerca de la muerte y ellas se preocuparon porque estuviera con nosotros, aunque luego se fueron.
Me despierto perdida y extrañada. Nostálgica de algo que no habla. Echo de menos la montaña. Un sentido abstracto para zafarranchar la vida y el deseo, la urdimbre de las metáforas. Algo violento me cuaja en la pérdida. En el ir del tormento al pentagrama. Del continuo desarraigo al grito de las flores.
Ayer fui algo pesimista, con esa rabia volatil manchando canciones en las cunetas. Algo que me causó tristeza en la arista y en el alarido.
El día está muy oscuro. Busco la conexión con lo inefable. El rubor que despetele el verbo de gas que atormenta el cierre de las palabras en los labios del candado que giró 7 veces en los escombros de tu habitación.
He hecho café. Me duele la garganta del tabaco. Pero no es buen momento ni para pensar que pensar debía en dejar de fumar.
Algo se balancea en un grito verde, succiona el corte que desorbita tu nombre del incendio que destruye las islas de esos 4 años.
No vale de nada la queja. Aunque hay que exteriorizar los rencores y la rabia, para que dejen de serlo. Todo es nutrición de un poema que no podrá contener nada.

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