HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se me ha acabado la cerveza. Me jode. No tengo dinero para ir a comprar al kiosko que siempre abre los domingos. Creo que me he vuelto a acostumbrar a ese anestésico de rubores de amapola cuando el invierno atiza caminos desvencijados.
He estado con Kavka en una especie de parque, donde va mucha gente con perros y ha estado corriendo y jugando sin parar con otro perrito. Nada más llegar ha bebido agua y ha caido redondo a dormir a pierna suelta.
Hoy he tenido muchas emociones. Muchos recuerdos y sentimientos mamografiados en el hambre. He llorado y he vuelto a amar algo que como una flor de papel ardió en medio de ninguna parte y acusó en mis pupilas lo inalcanzable.
Ahora tengo sueño. Tengo algo de cansacio mental, del exceso del sentir, de los puertos ambulantes. De haber desenterrado a algunas de las mujeres que fui y mirar sus ojos.
Todo es posible otra vez. La fe no dura. Pero algo parece que descalza los latidos de la mar y los abruma donde vuelves a estar sentado al piano con un bocado de luna en el incendio del desencanto.

Me he dado cuenta de que actué metiendo en un fuera de campo mucho de lo que me causó dolor. Lo expropié de mi experiencia. Viví en los abrazos del polvo y su pobreza. Empezando desde 0 y a 20º bajo cero.  Resurgí del crematorio.
A veces viví olvidando el verdero verbo que me había llevado allí. Eso me pasó por la atracción al éter y al suicidio de la arquitectura. Por eso siempre hay muchos mundos en el puño de viento que borra ciertas palabras.
Pero no hay orgullo ni vergüenza. No hay sentimiento heroico, ni sentimiento de esperpento y miseria. Es como si todo fuera migrante y advenedizo. Porque el éter lo condiciona todo sobre la duda y hace la balanza en el eje de lo que aún no ha sido.

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