HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo que irme.  Dejarlo todo a macerar en la mar, que allí cuaje y vuelva con el eco, con el grito, con el acto.
Irme donde me rodeé la naturaleza y ella sea el renglón, la frontera y el centro de todo. Ella se vuelva la única atracción a la realidad.
Cuando vengo a la ciudad, me da la misantropía del sistema. Se ensucian mis ojos. Algo me clava pinchos en la piel. Algo me recuerda el esperpento de la civilización. Y me vuelvo más extrema, radical, me desfaso de lo que no se oye de los lobos en la montaña. Me siento en guerra, en deuda con la salvia, ansiosa y violenta. 
No hallo paz aquí. Todo me empuja a la necesidad de la lucha. De la destrucción. Sobretodo si cometo el error de ver el telediario.
Se me rompe el corazón debajo del cuarzo. Cada vez me siento más lejos y más rota de la idea de un amigo.
He vivido en los suburbios de lo que trazó mi soledad en la escritura, mi soledad en la sal y en el exilio. Cada vez soy menos adaptable, menos asertiva, menos sociable. No defiendo ninguna teoría ni destino, no creo en certezas, no creo en la otredad ni en mí en su reflejo. Y aunque creo en el amor y en lo clandestino, no me toca en la tierra, nunca a través de las palabras ni de lo tangible.

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