HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Una espina de pescado, con grumos de acuarela, con la ceguera de tu amor drenando tierra enmohecida por ese viento que lega congelado tus pasos sobre la nada.
Yo recojo el grito y los metales incandescentes de tu aliento sobre Júpiter. Mientras erro, la dulzura de tu letanía en los agujeros de mi existencia.
Sé que voy a la tragedia. La muerte sólo canta cuando la cantas. Nada es terrible, cuando nada se siente con espanto.
Sendas de barro y murciélago, me hiciera una piedra descarrilada, en tu cúmulo de piedras enterrando la flor del cactus.
Y si me conociste, engañaste al sol.
Pero sé que no lo hiciste. Era muy tarde para eso. Éramos dos mendigos que nos encontramos en un puente colgante, hecho con viejos neumáticos, asaltando un agujero de gusano, entre dos buzones muertos. Compartimos el pan y la suciedad, el vino peleón y el frío. Pero tú nunca quisiste, compartir el dolor. Porque el dolor es cosa de lobos. Y éramos como esas espadas de marfil abriendo nieve cuando los cipreses lloraban
Funambulistas de una historia alquilada, para lavar la sangre en esas mandibulas. Echar un vals a la tormenta. E irnos, sin recordar ningún nombre.
Me sentí engañada. Pero ni siquiera era por ti. Era mi poema. Mi poema nombrándote donde tú no habías nacido.

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