HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Vivo en el ojo de buey de la punta de un cuchillo y de una amanita. La calma es una danza de absenta en la cartografía sepia de una ciudad detenida en el freno de emergencia de un tren.
Voy hacia la nada, por el camino más retorcido y convulso. Sólo me sostiene la mirada de mi perro cuando los suelos se ahorcan en el grito de una polilla.
Escribo ansiosa, pero no creo en la escritura. Sólo siento importante el movimiento de éter en las metáforas, pero no hace raíz en la realidad, sólo en el viento. 
Así como los hombres a los que amé y los lugares en los que fui feliz. Nunca fueron abarcables. No fueron tangibles, ni tuvieron linealidad en la percepción ni en ninguno de sus sidos. Fueron hervidera de flor de mandrágora. Fueron arrebato mortal y rizomático del moho y del gas.
Nada de lo que me ayudó a vivir, hizo territorio ni me perteneció nunca.
Mi yo, explota en nitroglicerina, en deseo de desnudarse ante la otredad, de amar y ser amado. Pero eso es una quimera. Hay demasiado jeroglíficos de pis y heroina de Teatro. 
Además yo tengo dentro un iceberg que me sobrevuela sobre el desierto y el fervor de los buitres del sol. Y nunca nadie ha entrado ni yo he podido salir. Lo intenté hasta la locura. Lo intenté partiéndome los huesos del ser. Pero todo volvía al eterno retorno del LSD. Separándome criminalmente del cuerpo amado, cuando el amor se entregaba como pájaro a su primer vuelo. 
Mi destino, mi sangre, siempre ha sido, el extremismo de la soledad y del canto de los lobos. Porque nací atrapada por una liebre de nitroglicerina. Y para salir de ella, yo tendría que morir. Pero ella nunca lo permitiría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario