HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Vuelve a escarbarse el baúl de esa tinta succionada por gaviotas y zorros. Vuelvo a mirar... mis recuerdos y latidos, desde un mapa de agua de mar y vapor. De vez en cuando soy la coleccionista. Todas las noches destruyo en éter lo habido. Y me despierto de amnesia, desarmada ante el escalofrío de la noche y el viento. Pero a veces, vuelvo a mirar los ojos de trapo de mis muñecos, escanciando esa luz del sótano de la taberna, tomándome animalario y grito de luna llena. Y siento que hallo una especie de VERBO, una arquitectura del espíritu, un aquelarre del fuego. Tal vez porque estos días de atrás, recordé a Arturo. Porque vi todo lo mío... desde una ventana de sal, subida al barco que se marcha. Porque me atreví a escribir de aquella X sin poner delante el lenguaje, ni mi necesidad. Sino al brote. Al latido. Porque sigo sin tener un lugar en el que quedarme. No puedo pensar en el hacia. Porque entonces lo aprisonaría. Lo llenaría de los prejuicios de mi ausencia. No es en la palabra. No es lo imaginable, ni en lo posible. Es en otra cosa, mucho más instintiva y a la vez etérea. Es adentrarse. Es la aventura. Es perder pie, de la cotidianidad y de la realidad ordinaria, de lo que yo misma construí como mis aposentos de éxodo y blues de alcantarilla. Es perder la sujección de la telaraña de la creencia de lo sido.  Pero no sé enconmendarme a ningún dios de la fantasia ni un lugar de mis sueños ni la idea de un horizonte. Sufro el nihilismo. Ese nihilismo que alguna vez fue la libertad y la risa profana. Hoy es también un pozo sin fondo, un muro. Porque tal vez he perdido el favor de la locura. Ya no creo en duendes.  Tal vez no los he invocado de corazón. Tal vez tengo una tumba cubriéndome el aullido de las pérdidas. Tal vez no creo en el amor.

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