HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Aún todo es extraño. Bombean caminos desvencijados el roncar de la sal en tus lienzos masticados por el centro del fuego, cuando abrir la mano era perder el hálito de todo retorno. Me es raro estar lejos de la montaña. Acá hay una soledad más violenta... y me acuna en el vértigo de haber enterrado tu nombre donde se descamisa el suelo de los bares. Ahora dedico un par de horas al día para leer. Busco trazados antropológicos de los nativos, busco algo que recomponga el suicidio de esa voz del interior del océano. Todo se sujeta en la fuga de la arquitectura del adobe sobre tu lágrima de la siderurgia. Somos los desconocidos siempre de todo. Los extranjeros, los que nos vamos. En la senda hice alguna vez de coleccionista del vudú de las criaturas que iban a morir a la playa y doblaban tu voz en los escombros de mi página. La poesía todo lo devoró y lo transformó en su estómago de grieta y defecaciones de cielos volados por los aires. Fuimos el tronar de su ausencia, incendiadas por el ansia de sus neumáticos en llamas. Hoy estamos muy lejos de todo lo que está cerca. Incapaces a amar humanamente la rosa de cristal en un París que aguante mil noches en vela. Drenamos la oscuridad del río en empujones de campos áridos como si asirme a tu querencia fuera cargar una sepultura con el diámetro de un rayo de luz retorcido por otra redonde mucho más etérea que llega a la pupila como la interpretación del fin.

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