HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Derivar ese ruido de ventana roida en los brazos de tu abuela de madera acunando el exilio del fuego donde nunca has dicho ni una sola palabra, y sin embargo bebí tu conocimiento de los pigmentos de hollín y de ruina, salpicando mi atmósfera por estrellados escarabajos de lo imposible, en juegos de cera y sangre, llorando en mis abandonadas la llegada del cincel y del cristal de luna. 
Nos hemos ido por todas las puertas que tocaron nuestros dedos. Huimos alguna vez de todo lo que implicaba la vida y el sentimiento de alguien.  Por alguna razón la existencia de otro humano, era un peligro para nuestra existencia. Y nos poníamos al acecho y a la desbancada, al beso de los ratones en la habitación destartalada y juegos de mermelada de fresa y de heroina.  Un instinto oculto y primitivo nos alertaba contra el resto de los vivos... como si nos fuera en ello, el aire que respiramos. 
Luego hubo otros años de islas y de teatros. De piedras entre manifestaciones y amores de piano insomne cuando se quiebra el cielo y la mirada. 
Pero siempre vuelvo acá, donde nadie ha entrado. Donde finjo si salto por la ventana, donde me disfrazo con mis propias vísceras del engaño social de los ojos ajenos. Inevitablemente sola con el verbo y con la belleza, con mi espanto y con mis sueños.

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