HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He ido al río con el perro y el tambor... al principio iba con violencia, con cicatrices... pero allá, estuve corriendo con el perro y una cuerda y me aflojé de luna. Luego entré en trance... y sentí una apasionante belleza, sagrada e incontenible, al mirar con los ojos sobre todo y nada a la vez, las ramas cobraron una forma etérea y vaporosa... y empecé a visionar... rostros en el monte.... al principio eran semihumanos... pero de formas medio imposibles... luego uno se hizo un lobo negro, muy nítido que tenía un significado especial en mi sentir. Antes de eso tuve como un rito de perdón, de exposición de mis oscuridades... como abriéndolo hacia la madre tierra, como saltando al vacío de sus pechos y de su voz. Y durante un instante sentí prometer que ya sólo seguiría ese corazón y que no importan mis motivos ni mi historia.. ni mis intereses sino son de esa fuerza misteriosa y penetrante, más allá de mí, antes y después de mí. Yo a fin de cuentas... no soy nadie, todos somos nadie, nuestras fortunas y desgracias, nuestros bienes, son ceniza para los tuétanos de la vida.  Todo eso que sentí tocando el tambor me poseyó... por un instante sentí tanta belleza bajo esos chopos... que me entró vértigo y éxtasis... de saber que no podría conservarla. Me sentí tan conectada a algo tan bello... y me sentí allí vagabunda, da igual mi pensamiento o mi certeza o mi deseo, da igual lo que yo busque, lo que yo he perdido, la belleza no se casa con nadie, es madre pero también es hachazo, es oscura y es protectora, es despiadada, es inabarcable, incognoscible, no cuenta su secreto.... Durante un instante del trance se agitó un viento muy frío que removía las hojas y las ramas y sentí un escalofrío, un mensaje inaccesible para las palabras.
A la vuelta.... me dio por recoger todas las hojas mohosas y ramas caidas del patio. Recordé ese patio... hace unos años, cuando la abuela salía por las tardes y se sentaba allí. Cuando estaba el Thor y la Monchita... cuando pelábamos allí las manzanas y a veces comíamos debajo de los gorriones. Cuando traíamos árboles y flores para plantar... y todo eran colores y abejas y mariposas... Y sentí que debía recuperar el patio. Cogí el cubo de la ropa sucia que es grande para evitar dar muchos paseos al contenedor, había pensado que lo mejor era hacer una hoguera, pero se me quitó la idea al recordar las desventuras de otra hoguera que hice una vez en el patio. Cogí el escobón.. y acumulé varios montículos. Debajo de las hojas había tierra y humedad, mierda de gato... y eran como placas medio sólidas que parecían tener miles de fastasmas. Con una bolsa de plástico en cada mano, llené el cubo varias veces. Por un instante sentí rabia a los gatos callejeros, no a Molotov ni a Tramontana... a los otros, hay una decena de gatos... que me hacen sentir que todo es suyo y que ellos están del lado de la tormenta.  Yo quiero recuperar ese patio.. poner la mesa con la que escribía allí, corretear con el perro, sin  temor a que se lleve mierda a la boca. Cuidar de las hierbas. Cuando vivía el abuelo nunca estaba abandonado. Mañana me queda una última barrida de las cosas pequeñas. Yo quisiera conseguir el prado de enfrente, cambiárselo al dueño por alguno de los otros nuestros. Allí podría plantar muchos árboles... y hacer un muro de cipreses para que nadie me vea y tener un horizonte verde y allá la montaña y la luna. Allí podría plantar patatas y repollos, fresas. 

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